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Actualizado: 8 abr
Llevamos siglos pintando el mar. Pero casi siempre desde fuera.
Turner lo pintaba furioso, con las olas rompiendo contra los barcos. Sorolla lo pintaba luminoso, con niños corriendo por la orilla. Winslow Homer lo pintaba amenazante, desde los acantilados. Tres paisajes marinos, tres maneras distintas de mirar exactamente lo mismo:
la superficie.
Lo que se ve desde tierra, o desde cubierta, o desde la playa.
Lo que hay debajo es otra historia.
El fondo marino es uno de los ecosistemas más ricos y más desconocidos del planeta. El 80% del océano sigue sin explorar. Pero incluso la parte que conocemos: los arrecifes de coral, los fondos tropicales, las aguas del Pacífico... tiene una complejidad visual que la pintura tradicional ha tardado siglos en querer registrar.
Ernst Haeckel lo intentó en el siglo XIX con sus ilustraciones científicas de medusas, corales y radiolarios. Eran más botánica que pintura, más taxonomía que emoción. Pero eran honestas: mostraban que ahí abajo había formas que la mente humana no habría inventado sola.
Jacques Cousteau lo acercó a todos con la cámara submarina. Pero una cámara y un pincel hacen cosas distintas.
Empecé a bucear en Málaga. Después fui a Maldivas, a Bali, a Filipinas. Y siempre me pasa lo mismo: la intensidad. Esa saturación que tiene todo ahí abajo, que parece irreal incluso cuando estás dentro. Como si alguien hubiera subido el contraste al máximo y encima lo hubiera animado.
Eso es lo que intento llevar al lienzo; no la documentación del fondo marino, sino esa sensación de que estás viendo algo que no debería ser tan bonito, casi irreal.
En Mako y el arrecife de coral intenté capturar exactamente eso: el tiburón mako (uno de los más veloces del océano) convertido en globo azul malva y rosa, cruzando un arrecife que late con su propio color. El animal más ágil del mar, suspendido. El contraste me parecía necesario ( y divertido).
Big W and the corals surgió de la misma pregunta al revés: qué pasa cuando el animal más grande ocupa el mismo espacio que los seres más pequeños. Una ballena entre corales luminosos no es una imagen ecológicamente realista. Pero como imagen, funciona. Lo artificial y lo real en 130x100cm.
Los arrecifes de coral cubren menos del 1% del fondo marino. Y albergan al 25% de todas las especies marinas conocidas.
Eso ya es suficientemente absurdo. Absurdo y maravilloso. La pena es que los estamos perdiendo. El blanqueamiento de coral ocurre cuando el agua se calienta demasiado y el coral expulsa las algas que le dan color y vida. Esto ya ha afectado ya a más del 50% de la Gran Barrera de Coral australiana.
No lo pinto como denuncia. Lo pinto por fascinación: porque es un mundo que no siempre se puede ver, y que merece existir como imagen, y seguir existiendo.
Naturaleza Plástica
|cuídate|,
que todo se recicla,
hasta el verano
Hipo el caballito de mar y los corales nació de ahí. El caballito de mar es uno de los animales más vulnerables al cambio de temperatura del agua y de los primeros en desaparecer cuando el arrecife empieza a deteriorarse. En la obra Hippo aparece convertido en globo metálico, suspendido entre corales que brillan con una intensidad azulada, parece que no le pesa nada. A cierta profundidad los corales pierden su color y aun así siguen siendo lo más bonito que he visto. Eso es lo que me interesa: que algo pueda ser frágil y luminoso al mismo tiempo.
Las medusas no sufren de la misma manera. Al contrario: proliferan cuando el océano se calienta y cuando desaparecen sus depredadores naturales. Son el indicador inverso. Cuantas más medusas, peor va el ecosistema para todo lo demás.
Y sin embargo, ahí están. Resistiendo. Mientras el plástico y la contaminación arrasan con casi todo, ellas siguen. Eso no las convierte en culpables — las convierte en las únicas que quedan para luchar.
Eso me fascinó cuando empecé a trabajar la serie Jellychutes.
Una medusa como paracaídas es una imagen que tiene sentido de muchas maneras a la vez. No como salvavidas, sino como combate: el océano debe luchar
Jellychutes I y Jellychutes II son las dos obras de la serie. La segunda, gran formato, se expuso en JustMad 2025.
La serie de acuarelas nació de una pregunta diferente: ¿qué pasaría si la fauna marina y la flora terrestre ocuparan el mismo cuerpo?
No es una pregunta nueva , la naturaleza lleva millones de años haciéndola, con corales que parecen plantas y plantas que parecen animales pero sí era una pregunta que yo quería responder con acuarela y papel Hahnemühle en lugar de con ADN.
Cada pez del Acuario Botánico tiene su aleta transformada en una flor concreta y documentada: el pez pijama cardinal con una camelia japónica, el pez aguja con una orquídea Cattleya, el pez globo con una anémona japonesa. La documentación botánica era importante. No quería que parecieran invenciones decorativas.
| Cuando la fauna es flora, un océano florece |
Hay algo en el océano que la pintura siempre ha querido capturar y casi nunca ha logrado del todo: la sensación de que ahí abajo el mundo funciona según reglas distintas. Que la escala es diferente, que el tiempo es diferente, que la luz es diferente.
Puede que sea imposible. Pero mientras tanto, sigo intentándolo.
♡♡♡
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