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El surrealismo rompe la realidad. El realismo mágico la dobla sin romperla.
En el surrealismo, lo imposible se sabe imposible: un reloj derretido, un pez con patas, un animal-globo flotando donde no debería. La imagen te avisa de que estás en otro territorio.
En el realismo mágico, lo imposible se cuela sin avisar. Un personaje asciende al cielo tendiendo la ropa. Nadie en la escena se sorprende. La magia no rompe las reglas del mundo: se convierte en una regla más, tan normal como el resto.
Esa es la diferencia que de verdad importa: no la imagen, sino la reacción de lo que la rodea.
El nombre nació en la literatura latinoamericana —con autores del realismo mágico como Gabriel García Márquez, Rulfo, Isabel Allende— pero el término lo acuñó antes un crítico de arte alemán, Franz Roh, en 1925, para describir una pintura que volvía a lo figurativo después de la abstracción, pero con un extrañamiento contenido, silencioso: el movimiento artístico que él mismo llamaba Nueva Objetividad.
Lo digo sin vergüenza: es mi género literario favorito. Ningún otro me hace reír y soñar al mismo tiempo, en el mismo giro de página.
Un ejemplo perfecto, de los que se quedan grabados: en Cien años de soledad, un personaje asciende al cielo mientras tiende unas sábanas al sol. Nadie en la escena se inmuta. No hay grito, no hay explicación, no hay pausa dramática. La familia sigue con lo suyo como si lo raro fuera cualquier otra tarde de colada. Esa indiferencia es la magia del género: el asombro le toca al lector, nunca a los personajes. García Márquez terminaría ganando el Premio Nobel de Literatura por este mismo género, en 1982.

Otros autores del realismo mágico construyen sus propios elementos mágicos con la misma naturalidad: Isabel Allende y los espíritus domésticos de La casa de los espíritus, Laura Esquivel y su Como agua para chocolate, Juan Rulfo y sus muertos que siguen hablando en Pedro Páramo como si la muerte fuera solo un detalle administrativo. Otros exponentes del realismo mágico son el escritor cubano Alejo Carpentier, en El reino de este mundo, que prefería hablar de "lo real maravilloso" en vez de realismo mágico -una distinción sutil que los críticos siguen debatiendo-, y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, con Hombres de maíz, fue de los primeros en llevar el mito indígena a la novela moderna.
En pintura, el realismo mágico tiene rostro propio. Frida Kahlo, cuyos autorretratos mezclan biografía y símbolo sin que ninguno de los dos grite - una espina clavada en el cuello, un mono en el hombro, tratados con la misma calma que un retrato de familia. Remedios Varo, que pinta laboratorios imposibles con el mismo pulso con que pintaría una cocina - mujeres tejiendo la niebla, alquimistas domésticas, todo con precisión de manual técnico. Leonora Carrington, criaturas híbridas tratadas con total naturalidad doméstica -como si un ser mitad mujer mitad ave fuera simplemente otra vecina del edificio, un realismo fantástico. Lo sobrenatural disfrazado de normalidad.
El término cruzó el Atlántico en 1943, cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York organizó la exposición "American Realists and Magic Realists", consolidando el realismo mágico como categoría también en las artes visuales estadounidenses, más allá de su origen germánico.
Si quieres profundizar en el territorio hermano, ya hablé de los grandes surrealistas y de el surrealismo pop, que es donde ambos lenguajes -el surrealista y el mágico- se cruzan más a menudo hoy.
Tres preguntas que me hago yo misma delante de una obra ( las características del realismo mágico) :
¿La escena reacciona? Si algo imposible pasa y nadie en la imagen parece notarlo, es realismo mágico. Si la composición entera grita "esto es imposible", es surrealismo.
¿Hay un ancla realista? El realismo mágico casi siempre parte de un espacio reconocible: una casa, una calle, un cuerpo... al que se le añade una sola grieta de magia. El surrealismo puede prescindir del ancla por completo.
¿La magia tiene lógica interna? En el realismo mágico, lo mágico suele tener sus propias reglas, casi domésticas. En el surrealismo, la lógica del sueño no necesita justificarse.
Cuando pinto un pez con orquídeas en vez de escamas, o un cocodrilo convertido en globo de helio, no estoy rompiendo la realidad del todo: dejo el animal reconocible, el gesto reconocible, y solo cambio una cosa. Esa única grieta es lo que me interesa más que la ruptura total: entre lo mágico y lo real.
Es la razón por la que mi trabajo se describe como "entre el surrealismo y el realismo mágico" y no como una cosa o la otra. La serie Naturaleza Plástica vive ahí: animales reales, escenario real, y una sola alteración que lo cambia todo sin gritarlo, el concepto mantiene ese espíritu del realismo mágico.
Lo mismo pasa en piezas que no tienen nada que ver con animales, cada una con sus propios elementos mágicos. En El Desenlace, una mano tira de una cuerda que envuelve una figura sentada, pero al seguir el brazo hacia abajo, no hay muñeca. Nadie en la escena señala lo imposible; la pregunta se queda flotando sin resolverse. En Trueno Casero, una tormenta -lo que debería ser inmensa, incontrolable, exterior- está guardada en un bote de conservas con su propia etiqueta, como una mermelada casera. Dentro, una niña. Nadie pide una explicación: la magia aquí tiene la lógica silenciosa de la despensa, no la del sueño.
En Searching for Wisdom, un hombre lee sentado sobre una pila de libros del tamaño de rocas, todo permanece igual salvo la escala, y él sigue leyendo como si nada.
Y en la serie Venus, las plantas carnívoras ocupan el lugar que Fragonard reservaba a las mujeres en sus jardines idílicos el escenario sigue siendo bucólico, reconocible; lo único que cambia es quién habita en él, y por qué.
En todos los casos, la fórmula es la misma: nada grita que algo va mal. Solo cambia un detalle, y ese detalle es justo lo que pone a prueba tu percepción de la realidad. Elementos fantásticos que se integran en la realidad casi sin darnos cuenta.

Aquí viene la trampa de las etiquetas limpias: a veces el surrealismo y el realismo mágico no compiten por una obra, la comparten.
Hay piezas donde una parte de la escena grita "esto es imposible" (puro surrealismo) mientras otra parte de la misma composición se comporta como si lo extraño fuera de lo más normal -puro realismo mágico. No hace falta elegir bando. La misma tela puede tener una esquina que rompe la parte de la realidad y otra que la dobla sin romperla, y ambas conviven sin pedirse permiso.
Es, de hecho, donde más cómoda me siento trabajando: en el punto exacto donde ya no se sabe cuál de las dos reglas está mandando.
No para clasificar por clasificar. Sino porque cambia cómo miras.
Ante una obra surrealista, buscas la ruptura: qué es lo que no debería estar ahí. Ante una obra de realismo mágico, buscas la grieta: qué detalle, si lo quitaras, haría que todo volviera a ser "normal".
Esa pregunta ¿qué es lo único que no encaja? es la que yo me hago antes de terminar cualquier pieza y a veces, hasta de empezarla: El elemento mágico que existe y la magia de no encajar.
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